martes, 18 de agosto de 2009

Parte final (aunque me resta subir alguna que otra nota más..)

Bueno, este es el final de mi proyecto. Todavía debo subir algunas notas, que me quedaron por tipear y demás, pero no son muchas. Por lo pronto, subo el final de mi proyecto. Veremos qué les parece. Saludos!
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26 de julio de 1992

Jaime,
¿Qué pasa contigo, diablo? Desde que te conozco, esta es la primera carta que no tiene tu respuesta. De veras me extraña, diablo, incluso hasta llega a preocuparme; tú no eres así, Jaime, tú no. Me sorprende, tú sabes, porque tú no haces estas cosas, aunque, tal vez, diablo mío, te pusiste bravo por mi letra anterior. No te enojes, sólo quiero que los dos seamos capaces de elegir lo que cada uno realmente quiere y puede ofrecer. Tú ya sabes, diablo, lo que yo ofrezco, lo que yo te ofrezco. Yo también sé que contra la Revolución, Jaime, contra ella no puedo pelear.
Pero no te preocupes, tú tienes que pensar. Y mientras lo haces, yo me voy, Jaime. Me voy a España, con Marcos. Creo que me harán bien unos días de soledad, diablo. Y de lejanía, lejos de Cuba, lejos de ti.
Igualmente, Jaime, no temas: claro que voy a volver. Tal vez no lo haga por ti, diablo, puede que no, pero lo haré por la conquista eterna, por lo que tanto costó. Por lo que tanto les costó en aquellos años, por lo que tanto te costó a ti. Por lo que tanto me costó a mí, Jaime. Desde lejos, desde otros años, incluso desde afuera, por lo que me costó a mí. Y me cuesta.
Cuídate del monte, Jaime; a veces la soledad desespera. Nos vemos a la vuelta, diablo, y si no es así, siempre vivirás en mis ojos y en mi memoria, y en mí, como una llama ardiente, eterna, chispeante. Llena de vida.
Hasta entonces, diablo. Hasta que las agujas digan basta.

Ada.


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Camilo:
Ya llegué a Santa Clara, aquí nos hemos quedado sin mucha comida y los muchachos parecen tener hambre. Creo que ahora de veras siento temor por mi vida, mucho más que antes. Triste y gracioso final sería aquel para un hombre revolucionario, pero no te preocupes, contendré a las bestias.
Recibí noticias tuyas cuando subimos por Escambray, pero ahí la cosa se puso más pesada y ni siquiera pude responderles a mis padres. Duramos ciertos días por aquel monte, el combate se puso interesante pero, finalmente, salimos victoriosos, como podrás ver. El gigante me dijo que te habías hecho fuerte en Pino del Agua. Me alegro por ti, Comandante; supongo que tendrá intenciones de mandarte a Yaguajá, mientras yo llego a la Catedral.
Me dijeron que mañana estarás por acá, diablo. Eso espero, ahora se viene la mejor parte, viejo; ahora hay que atacar, Camilo, pero hay que estar seguros, no hay que titubear. Por algunos timoratos siempre tardamos en conquistar lo que nos pertenece, lo que nos es justo; esta vez, no. Esta vez el final de la fiesta esta próximo y no podemos dejarlo escapar. Y no hay nada que temer, no sé por qué lo hacen: la victoria será cubana y el aire se respirará mejor. La vida por la Revolución, viejo, como decía Martí. En su tierra, te lo aseguro, concretaremos su doctrina. Igual, Camilo, después la lucha sigue, sigue con un pueblo consciente, un pueblo que se autoeduca, un pueblo movilizado. Pero, ahora, creo sólo en la lucha armada como forma de salida posible de la tiranía de estos sátrapas, que vos conoces tanto.
Así que espero que andes despierto, que no gastes balas en cuestiones sin sentido, que aquí nos andan faltando bastante, viejo. Trae. Y también espero que no tardes mucho en encontrarme; como te dije, ahora se viene nuestro toque final. Manténme informado de todo lo que consideres importante y avísame cuando estés cerca, te daré las instrucciones de la ofensiva por nuestra región. Entraremos juntos en Santa Clara, luego Martí y Maceo se separan y se arman juntos en el final, para entrar en La Grande del norte y despojarlo a aquel de su lugar. No te preocupes, después te daré más detalles, es sólo para que te des una idea de cómo será la cosa.
Bueno, Cienfuegos, antes de irte dejando, viejo, dime si sabes algo de Hildita; hace bastante que no sé de ella ni de mi hermosa y pequeña heredera. Supongo que estarán bien, pero dile que me escriba; si yo no lo hago es por falta de insumos o por no meterlas en ningún problema. Igual, se que me las están cuidando. Aquí, el otro día, me han hecho llegar la carta de una niña, muy tierna, que a un tal Jaime andaba buscando. Quien fuera que sea, parece que se cansó de esperarlo. A vos todavía no me cansé de esperarte, viejo, pero ven pronto, que acá te estamos aguantando.
Un abrazo revolucionario.


Jaime firmó la hoja y esperó a que la tinta se secara: Ché. Levantó la vista y observó a sus siempre firmes estrellas, divisó también el rostro de Martí. Dio vuelta la página de su diario, pero esta vez, la arrancó, la iba a mandar. Cerró el diario, mientras se paraba en medio de una multitud de árboles y le gritaba a sus hombres: el Comandante exigía formación. En la soledad de aquel verde pero desolado lugar nada se movía. Sólo el viento, tal vez. Sin embargo, él, contento, los vio cumplir con su misión. Estaba satisfecho, sus hombres creían en su causa, creían en él.
Con precaución, tomó su Maúser y, auténtico aunque ahora probablemente desconocido, bebió un sorbo de ron. Entonces partió, pidiéndole compañía a uno de sus hombres; había que cuidar la espalda, y más él, el Comandante del Movimiento. Tomó el papel que acababa de sacar de su diario y se echó a andar. Sólo el viento lo seguía. Iba en busca de algo más de papel, algo más de tinta, para escribirle a su transparente mujer. Había cambiado a Ada por Hilda, a sus curiosos chamas por estos silenciosos aunque obedientes hombres. Su vuelta a La Habana, temporaria o tal vez no, era ahora una guerra de guerrillas infinita, eterna. Circular.
Ahora, ya ni frío sentía. Había cambiado nostalgia por locura. Una locura extraña, una locura de fusiles. Una locura de Revolución.

domingo, 16 de agosto de 2009

Más-más..


Bueno, hoy, como había dicho, ya terminé de revisar nuevamente lo que había escrito, y ya me decido a subir mis nuevos avances. Supongo que ésta es la anteúltima entrega; la próxima, si mis cálculos no me fallan, puede que sea ya el final. Final que no quiere decir algo estático, sino que también puedo llegar a modificar. Además, tengo que subir también varias notas de lectura, pero quería avanzar con esto, también. Por último, estuve pasando por algunos blogs y sugirieron subir algún que otro mapa; tal vez no sea necesario, pero puede que sirva y valga la pena compartir con Uds. uno de los mapas de mi viaje a Cuba. Aquí va!
Saludos.
Malvi.



P.D: Me acabo de dar cuenta que se ve muuuy chiquito, pero no sé cómo hacer para agrandarlo, ya que yo normalmente lo tengo en un tamaño más grande..
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Aquí van mis avances en el proyecto..

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13 de julio de 1992

Mi Jaime:
Hoy llueve aquí en La Habana, diablo mío. Y, tú sabes Jaime, cuando llueve me gusta sentarme a pensar. ¿Y sabes tú en qué pensaba? Pues pensaba en tu última carta, en la partida de Marcos, en mi Cuba; en lo que mi Cuba me da y en lo que esta bonita isla me quita, Jaime. Pues, tú sabes, diablo mío, me ha quitado mucho este bello lugar. Y no conforme, nunca satisfecho, me sigue quitando.
Tú tienes razón, diablo, es necesario defender nuestra libertad, nuestra Revolución. Bien vale ser libres, Jaime, bien lo vale; pero, ¿de que le sirven al ave sus alas si luego pues no puede volar? ¿Con qué fuerzas quieres que luche por mi libertad? Estoy sola, Jaime, y sí quiero defenderla. Pero tú no vuelves y mi hermano ya se va.
Parece ser difícil esta causa, ¿no, pobre diablo? Tu carta anterior me dolió, Jaime. Me duele pensar que tú estás sufriendo, que tú no estás bien, que tú no estás. Y que sólo lo haces por aquellos que, como siempre, olvidan a nuestros hermanos de Moncada o Playa Girón. Yo no me olvido de ellos, Jaime, tú sabes, y yo lucho, con mi palabra, con mi mirada, con mi voz. Y yo hablo, diablo mío, y yo grito. ¡Y yo quiero defender nuestra Revolución! Pero de a ratos, me quiebro, Diablo, me caigo. De golpe, pierdo la mirada. De repente, me quedo sin voz.
Y no quiero llorar, Jaime, no quiero, pero hoy siento que tu causa se está llevando tu mirada, tu sonrisa, tu voz. Y siento que a la par, a mí me va secando los labios, me va cerrando los ojos, me va llevando la vida. Y pasa la Revolución, y pasan nuevos Comandantes, y pasa la Maestra y Bayamo y Santa Clara y.. Y todo pasa, Jaime, todo pasa; pero mi hora sigue sin llegar.
Amado mío, de veras este trozo de papel no quiere ser despedida, no quiere ser final, pero esta vez mi letra, aunque quiere, cree no poder disimular; esta vez mis manos temen no poderte engañar. Te amo, diablo, tú lo sabes, y anhelo poder soportar esta dulce espera sin fin, este cuento de nunca acabar. Más temo no poder, Jaime, y entonces prefiero no odiar tu causa, ni resignar nuestra Revolución, porque tú así no lo quieres, porque yo no quiero que tú así no lo quieras, diablo. Pero para eso, Jaime, para eso es preciso olvidarme de ti. Hoy cuido tu causa, tu lucha, pero, a oscuras, ni siquiera sé firmemente a quien estoy amando. Quizás algún día de estos tu Maestra deje de ser tuya y te animes a compartirla conmigo, quizás mañana decidas amanecer conmigo y no sólo amarme entre letras, troncos y hamacas. Quizás mañana tú puedas ver más allá de Escambray y de veras desees volver aquí, a mi lado. Más dímelo tu hoy, Jaime, que mi silla, esta vez, teme ya no poder aguantar más.
Me voy, diablo, y esta noche soy yo la que tiene frío.

Ada.
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16 de julio de 1992

Mi viejo Camilo,
Aquí estoy de nuevo, asere, hablando contigo, con la poca tinta que me queda y en voz baja, por las dudas, que aquí la manada parece dormir. A mí, en cambio, el sueño parece querer jugarme una mala pasada y, hasta incluso durante la noche, incitarme a pensar. Es que la belleza de esta noche, querido asere, de veras no me deja dormir; el azul oscuro de fondo parece encariñarse con las jóvenes estrellas, y la melodía de este lugar está poblada de susurros, de pequeños animales nocturnos que, al parecer, tampoco pueden descansar. Además, por si fuera poco, con la oscuridad de la luna, me invade también una especie de melancolía, esta vez no ligada a la isla, sino con forma de corazón. Con forma de Ada, con forma de una mujer ausente sobre mi colchón de hojas. Mujer que, sobre todo en esta noche, de veras hecho de menos, de veras necesito, para llenar con una nota erótica este oscuro pero azulado lugar.
Pero, ante la imposibilidad, viejo asere, de poder sentir algún otro tipo de caricia que no sea la del agua cuando llueve, decido contarte algo que nos sucedió hoy durante el día. Es importante, Camilo, para ello, contarte algo que de veras se me pasó de largo: ya estamos en Camagüey. Este es el lugar de las estrellas cariñosas y de los grillos afinados, de las noches bellas que no dejan apagar la luz, hermano. Pues, tú sabes, aquí todavía hay más verde, Camilo, supongo que ya mañana estaremos bordeando la ciudad. Bueno, asere, pues hoy apareció de nuevo un cuestionamiento revolucionario, ¿qué más podía ser, no, paciente compañero? Un interrogante que me forjó a tener una profunda reflexión. A propósito, Camilo, a veces siento miedo de mí mismo; ¿es qué no puedo hablar de otra cosa? A veces siento que desde aquel enero vivo atravesado por esta causa; pero desde que volví a este sitio, tú sabes, la Revolución me consume, Camilo, me ciega, me enloquece. De a ratos, hermano, cuando busco el cielo y mis ojos sólo se topan con paisajes verdes y amarillos y marrones, siento que voy a enloquecer. Siento que la locura me ronda, hermano, me ronda. A veces hasta dudo de lo que digo, Camilo, de lo que veo. A veces, cuando siento que me va consumiendo esta lucha, esta soledad.
Bueno, viejo asere, pero eso no importa ahora, probablemente sea imaginación mía, tú sabes, nada más. Volviendo a esta tarde, hermano, se me cruzó un niño, ¿sabes? El chama se me cruzó mientras iba en busca de algo de queso y de mi necesaria dosis de ron. El pequeño, desde lejos, me gritó: “¡Ey tú! Dime, ¿por qué pelean cubanos contra cubanos? ¿Es que no entienden? Se están matando entre hermanos.” El chama se fue volando, como todo niño, tú sabes, para tener la última palabra. No hacía falta que corriera, hermano, que saltara o que volara, yo no hubiera sabido qué responder. Inocentes los pequeños, pero más bichos que todos nosotros juntos, asere. El chama tiene razón, Camilo; el también tiene razón. Y aquí, compañero, es donde se aparece mi reflexión. ¿Tú sabes por qué es necesario golpear duro, Camilo, hacer ver el arma, hacer ver la sangre? Pues porque el pueblo, asere, el pueblo aún está dormido, el pueblo descansa tranquilo, mientras la sangre corre, mientras el pan se acaba, mientras la vida se va. Y la guerrilla, Camilo, nosotros, Camilo, ¡nosotros los tenemos que despertar! Tenemos que despertar los sueños dormidos de nuestra masa, debemos despertar los valores cubanos enterrados bajo esta dictadura colonial, debemos crear conciencia revolucionaria, compañero, y la sangre se dejará de derramar. Cuando la Cuba toda lo vea, ya no habrá mas necesidad de armas, hermano, y esto no es despotismo, Camilo, esto es mirar la realidad.
Linda reflexión al sol, la de hoy a la tarde, y pensar que todo gracias al chamacito aquel, asere. Lindo día y larga noche. Y ahora si, hermano, mientras espero que las ventanas se cierren, me pondré algo de yamagua, pues recién me he descubierto una cicatriz en la espalda. Seguramente me la hicieron antier por la tarde, Camilo, durante un enfrentamiento con los enceguecidos hijos de la tiranía. Cobarde quien me ha hecho este tajo por la espalda, asere, cobarde defensor de Batista, en esta diaria lucha por nuestra libertad.
Te dejo, Camilo, la luna sigue subiendo y mis ventanas se empiezan a cerrar. Nos vemos pronto, compañero. Santa Clara espera.
Jaime.

sábado, 15 de agosto de 2009

Hoy estuve escribiendo, pero como aún no estoy muuuy segura de que me ha terminado de gustar lo que escribí, supongo que mañana lo leeré de nuevo y, tal vez, pueda modificar algo. O, al menos, verlo con otra mirada; seguramente, entonces, ahí será cuando vuelvan Jaime y Cía. a este empapelado lugar y cuando, además, agregue más notas de lectura . Hasta entonces, nos vemos!
Malva.

Nota de lectura de Diario de Campaña, de José Martí

Bueno, en relación a Diario de Campaña, el texto elegido para dialogar con mi proyecto de narración, puedo decir, sin dudar, que me gustó mucho. Es decir, ya desde el primer acercamiento que tuve con el texto, en aquella clase en la cual nos conocimos con los Territorios, realmente me interesó bastante, una especie de amor a primera vista, si Ud quiere. Me agradó particularmente la manera en la cual el autor narraba todo aquello que iba sucediendo, de una manera telegramática, de a ratos (de a ratos muy predominantes en aquel primer momento), que me atrapaba bastante, porque terminaba volviéndose enigmática. Ese enigma, a su vez, se hacía cada vez mayor con el espolvoreado de palabras desconocidas (para mí, indefectiblemente) que hacía Martí, dando como resultado una mezcla de sonidos de veras intrigante. Una mezcla de sonidos que, sin dudas, me trasladaba de algún modo a su lugar, a su campaña.
Ese fue el inicio de esta elección y, posteriormente, disfruté mucho más del texto, ya que, más adelante, se volvía más rico, con un lenguaje menos cortado y, tal vez, más profundo. Lleno de diálogos inmersos, que, a su vez, me servían o inspiraban para las ideas de conversaciones de mis propios personajes. Frases que quedaron marcadas y, sobre todo, lindas descripciones de los lugares y, sobre todo, de la vida en plena campaña. Supongo que, posiblemente, esa vida en campaña escrita que me regaló Martí fue una de las armas más importantes para darme cuenta de cómo se siente una persona en plena guerrilla. Qué piensa, qué anhela, qué dice, qué puede decir. Qué calla.
Sin dudas, puedo decir que si al principio el texto ya me gustaba, con el transcurso de la lectura, cada vez me satisfacía más, cada vez las letras se acoplaban mejor, cada vez el pensamiento se liberaba, cada vez las frases eran más hermosas y decían mucho más. De repente, el hombre de campaña se empezó a soltar y pudo, a mi entender, guardar esas imágenes que veía, entre ríos y troncos y hamacas, y plasmarlas sobre un papel.
Entre otras cosas, y vuelvo a insistir, fueron diversas frases (que de hecho he dejado marcadas) las que me quedé de Martí, mientras iba leyendo ese texto. Pero, por otro lado, también sus reflexiones, en pleno diario, fueron las que me ayudaron a ir construyendo la figura de mi querido Jaime, con todos sus planteos, con su nostalgia, con su sueño de revolución eterna.
Finalmente, puedo decir que me gustó mucho leer este texto, que, como todo el resto de lo leído, visto y oído, fue, además un hermoso placer personal. De Martí me llevo sus reflexiones y la brillante emoción de sus cartas, sobre todo a su querida Rosario de la Peña, portadora seguramente de alguna pulserita roja en su muñeca. Pero, sin dudas, esta vez el rojo no era por la revolución.

jueves, 13 de agosto de 2009

Novedades..

Buenas tardes! Aquí estoy de nuevo, subiendo mis nuevos avances. Mi proyecto ha tomado un giro revolucionario, ya que estamos en el tema. Por suerte, llegué justo a tiempo para cazar el giro y, pronto, poder plasmarlo. Supongo que mañana subiré mis notas de lectura del texto de Martí, del libro de cuentos y de un ensayo del Che que estuve leyendo, así como también de algunos programas cubanos que estuve viendo. Por el momento, no quería dejar de subir estos avances. Gracias por leer y por comentar!
Hasta prontito,
Malva.
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8 de julio de 1992
Querida Adita,

¡Mi mujer linda! Te extraño, mucho. Es increíble volver a estar aquí, pequeña. Hace unos días que estoy en La Sierra, de veras tú no sabes lo que significa volver a este lugar para mí. Son muchas cosas juntas, mujer. Tú no sabes, pero voy a tratar de explicarme, algo mejor, al menos, para que tú me entiendas. Para que tu me veas, aquí, sentado sobre una tierra de verdad cubana, tomando un ron. Para que tú me imagines y me entiendas; para que me imagines y me extrañes, Adita, porque yo no dejo de hacerlo, no dejo de pensar en ti, mujer.
Quiero explicarte y quiero contestarte las preguntas que tú me has hecho, en tu letra anterior, pero no es fácil. Estando aquí, en la S.M no es fácil, y, a la vez, estando aquí todo parece no ser tan difícil. ¿Y se supone que tú tendrías que entenderme, mujer, no? Tú sabes, Ada, a veces me dan ganas de quedarme aquí, vivir aquí, morir en este lugar. Tú lo dijiste, de tu boca nació, de tu pluma salió: éste es mi lugar, ésta es mi causa. La mía y la de toda Cuba, al menos eso yo quisiera, al menos eso quiero hacer comprender. Por eso volví aquí, Ada, aunque tú bien sabes cómo me duele volver a este lugar, esta Sierra que me dio lo mejor de mi vida, pero también me lo quitó. Y me dejó solo, aquí, en el medio de la nada. En el medio de todo, entre mosquitos, caballos, sangre y escopetas. Y yo solo ahí, sin nadie. Entre ojos que se cerraban.. Y entre heridas que nunca pude cerrar. Porque no pude, no pude, Ada, no pude. No puedo. Y los gritos siguen y el olor sigue y lo rojo sigue y yo que no puedo hacer nada. Nada, Ada, nada. Nada, nada, nada.
Por eso hay que volver, mujer. Yo debo volver, aunque siento a veces que esta Sierra me consume, me atraviesa, me lleva con Ernesto, con Fidel. Hay que tener cuidado aquí, tú sabes. Por eso vuelvo, vuelvo para mostrarles a ellos por qué está viva la Revolución. ¡Porque está viva, Ada! ¡Está viva! Quiero volver a estos lugares, donde la vimos nacer, donde ayudamos a la tierra a dar a luz. Entre todos la hicimos antier y, hoy, estoy yo aquí y debo defenderla, mujer. Igual que antier, pero sin balas, sin estratagemas, sin frío. Sólo con la palabra, mujer. Pero, para eso, hay que volver a la Maestra. Lo que fue ayer, Ada, hoy no lo es; hay gente que no descifra bien la Revolución, que cree que empezó y terminó aquel sagrado primero de enero. Fue sagrado, pues claro que lo fue, pero no será eterno, no, no. No lo será. Y a la Revolución hay que cuidarla, Adita, a diario. Sin armas, sin sangre; con la mirada, con la voz, con el pensamiento. Con la palabra.
Así que esto fue todo, tú sabes, mi negra. Me duele volver, pero más duelen esas miradas tristes, ciegas, perdidas, de esos pobres diablos que no valoran la libertad. Quizás era necesario subir al Escambray para sentir la libertad, para cogerla y no perderla nunca más. Tal vez yo por eso la siento, mi niña, y por eso volveré a subirlo por ellos, para que la respiren, la sientan, la cuiden. Y porque ya no soporto esas miradas, Ada. He dicho basta y he echado a andar, mi niña.
Pero a ti, pequeña, a ti sí que te extraño. Tú sí que me haces falta. Extraño tu voz, tu mirada, tus labios, tu cintura, hasta tus pestañas. Y claro que vuelvo por ti, Ada. Tú también eres mi causa, tú y ella lo han sido siempre y lo son. Sin ti, Ada, yo no podría hacer la Revolución, sin ti no podría volver. Tú eres mi causa, Ada, tú lo eres. Y claro que no sentiré frío, y claro que no lloraré, porque estoy contigo y con tú nombre desaparece el viento y se evaporan las lágrimas. Y cuando te bese, claro que cumplirás, como siempre. Como deseo que lo hagas ahora y en vano repito tu nombre, Ada. Te extraño, mujer mía, pero, al menos te nombro, y se desvanece el frío.
Ahora sí, mi niña, debo dejarte, tú sabes. Debo tender mi hamaca, tronco a tronco, antes de que la noche nos invada.
Que nos invada juntos, Ada, así no dejo de soñarla.


Jaime.


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10 de julio de 1992

No temáis una muerte gloriosa
Que morir por la Patria, es vivir.
En cadenas, vivir es vivir


Sí, hermano. Como verás, ya estoy aquí, en Bayamo. Llegué antier y lo primero que hice fue buscarlo. Era necesario hacerlo, así que seguí caminando, aunque cansado, aunque deslumbrado por lo cambiado que está este lugar. Por empezar, sin gritos, sin temores, sin color. Lugar calmo, sin ruidos, Bayamo en blanco y negro. Libre, pero sin ruidos, sin color, ¿con esperanza? Ojalá, tú sabes, quizás sean sólo mis manías y mis pensamientos que se degeneran y terminan alterando toda mi visión de las cosas. De todos modos, aquí hay demasiada calma, excesiva armonía. Falta tu voz, Camilo, falta la voz del Che, hermano. La del viejo Fidel apareció ni bien encontré lo que buscaba, tú sabes, y ahí nomás volví a verlo. El viejo, desde el balcón, hablándonos a todos nosotros. Con rifles en mano, con dentaduras blancas y gigantes, con valentías inviolables, con esperanza. Con esperanza, nos perdíamos en los imborrables discursos del viejo Fidel.¡Viva la Revolución! ¡Viva!, Camilo, ¿recuerdas? Celebrábamos el inicio de una nueva era.
Hoy el balcón aquel está demasiado vacío y gris, demasiado solo. Gracias al Apóstol ya no hay más rifles, Camilo, pero tampoco se ven dentaduras blancas ni valentías inviolables. Y nosotros, los hijos de Fidel y de la Revolución ¿dónde estamos, compañero? ¿Perdidos, muertos, solitarios, alejados? La Cuba está libre, hermano, pero ya no está Ernesto, y tú sí sigues conmigo, pero tan sólo aquí, entre letras y lágrimas, Camilo. Extraño tu voz, tu mando, tu fe revolucionaria, aunque de a ratos, se vuelven hacia mi camino. Y si me canso, tampoco estará más Ernesto, para guiarme, para enseñarme, para llenarme. A veces odio estar solo en esta Revolución. Sí está Fidel, pero en la tierra estoy solo, tú sabes, Camilo, sin tu aliento, sin el Che. A veces, compañero, quiero odiar la Revolución, porque me alejó, me aisló, me dejó solo.
Ya me voy, asere. Aquí se cae el cielo y la corriente me llevará con él. Supongo que me tomaré una buena caña, Camilo; caña para pensar. Cuando el agua se apiade de mí, compañero, vente tú a jugarme una partida de dominó. Ni para eso somos dos aquí, hermano. Ni para eso somos dos.

Jaime.

P.D: Perdona la maldita nostalgia. Si estuviera Ernesto, hermano.. Pero tú sabes, no tengo su fuerza. No tengo nada suyo, Che hay uno solo. Pero tú no dudes, no temas por mis debilidades; aunque más no sea por ti y por el Ernesto, Camilo, siempre iré hasta la victoria. Como aquella a la que, aquel enero, todos llegamos juntos. Hasta ella, siempre. Como nos enseñó el Ernesto. Como nos mostró él.

martes, 11 de agosto de 2009

Día 4, subiendo mi primer parte..

Padre nuestro que está en los cielo,
Santificado sea tu Nombre
Venga a nosotros tu reino
Hágase tú voluntad en la tierra como en el cielo

Una gastada solera amarilla, una gran hebilla que ponía orden en un infinito caos moreno y una falda blanca, regalo de Marcos, que había provocado en alguno ya más de una confesión. Hacía ya más de media hora que Adita estaba en la Catedral. Ya se había confesado y ahora estaba rezándole a la Candelaria, llevándose por delante todas las eses. Cuando terminó de hacerlo, ya estaba saliendo de aquel empequeñecedor monumento y, aún en ese mar de sutiles colores marrones, recordó que debía pasar a dejar la carta. Decidió, entonces, caminar hacia la calle…

- ¿Otra más, Adita? ¿No estarás tú pensando en irte, también, querida, no?
- Claro que no, Alfonso. Tú sabes que a esta Isla no la dejaría por nada. Pero deja tú de pensar esas cosas y envía mi carta, que sino llegará recién el martes.

Claro, mi niña, claro, diría Don Alfonso, como siempre. Mientras le tiraba un beso, Ada escuchó el cañonazo y se lamentó. La biblioteca estaría cerrada, debería esperar a mañana. Luego se sonrojó: al menos tendría prontas noticias de Jaime.



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- ¿Tú crees en Jesusito, Jaime?
- Mira, asere, ¿tú ves esa estrella que está ahí arriba brillando? ¿Tú la ves?
- ¡Pues claro, Jaime! ¡Claro que la veo!
- Pues bien, yo al Dio no lo veo, niño. Y por eso no creo en él. Pero no necesito de él tampoco, más nunca lo hice. ¿Y sabes tú por qué? ¡Porque con nuestro Apóstol y con el viejo Che ya más nadie hace falta!

Santiaguito se había ido feliz con su breve explicación de un ateísmo orientado por el rojo color de una vida revolucionaria. Cuando se acercaban a Jaime todos sabían lo que iban a oír, y por eso lo hacían. Se acercaban a ese muchacho de anteojos porque querían oír de la vieja Cuba, de la de antes, de la del 86’ y de la de antier, en el 59’. Querían conocer la Isla de cuando todavía el Ernesto respiraba y querían escuchar la voz del Apóstol. Por eso se acercaban a Jaime, porque tenía esa cicatriz en la espalda y porque siempre andaba con un gastado libro del viejo Martí.



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1 de Julio de 1992

Dulce Ada,

Pasa el tiempo y no dejo de pensar en ti, mi niña. Qué curioso, pequeña, tenerte a ti tan lejos y no poder sacarte de mis pensamientos.. Entre mis días, pasa el tiempo, y pasa el frío, y pasas tú, como todo aquello. Pero no quiero que tú pases en mi vida, dulce Ada. Quisiera verte, quisiera poder hacerlo, quisiera saber por qué amo tanto sus letras. Quisiera saber, al menos, cómo se siente volver a verla.
Así que le propongo una visita, temporaria o tal vez no. Usted dirá, nosotros diremos. Mañana mismo partiré hacia La Habana, tras años sin verla. También la extraño, una hermosa ciudad que me inunda de recuerdos, recuerdos duros que a veces, uno no quiere revolver. Pero todo sea por verla y por dejar que el frío pase, lejos mío y lejos suyo. Ya pedí permiso en la escuela, estoy feliz, pero ya extraño a los niños.
La dejo, Ada, pero sigo estando ahí.

Jaime


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3 de julio de 1992

Querido Camilo:

¿Difícil volver a las fuentes, no, querido asere? Hoy he estado pensando todo el día. En la escuela, en los niños, en Ada, en La Habana. En Cuba, en mi Cuba, amigo. En la gloriosa Cuba de antier y en la gloriosa Cuba de hoy, resistida, a veces, resistida sin motivos, sin sangre, sin años de lucha. Fácil es hablar, querido Camilo, cuando tú no has estado ahí, cuando en tus brazos nunca hubo de ese frío, del que duele, del que no trae ni el viento ni la noche oscura. Frío de soledad, que se cuela entre los huesos y no quiere salir, ni siquiera desaparecer cuando sale la luna, para no dejarte solo. Ese frío, compañero, no todos han de conocerlo.
Por eso me disgusta cuando hablan, cuando hablan por hablar, cuando hablan sin saber. Cuando nunca sabrán del esfuerzo, ni nunca entenderán de nuestro dolor. Es duro, amigo. Yo sí lloro, yo sí sufro, yo comprendo, pero esta situación me atraviesa y supongo que debo partir. Quiero volver a La Habana, asere. De veras quiero. Y aunque tú no me creas, te pido que no me juzgues, compañero. Tú bien sabes cuánto me arde esta vuelta, cuánto de mi se desvanece en cada paso que doy subiendo hacia el norte de la isla. Pero tengo que hacerlo, por ellos, Camilo, por todos ellos. Quiero saber cómo mostrarles lo que dolió la Revolución, lo que valió la sangre caída. Quiero saber cómo hacerlo, porque hoy no sé explicarles por qué. Busco entre Martí, busco entre Fidel y no encuentro el camino, porque nunca pensé que debería andarlo, nunca pensé que de veras alguien cuestionaría la Revolución.
Entonces necesito volver. A aquel lugar al que no vuelvo desde el 67’, bien lo recuerdo. Esta vez, sin balas, sin estratagemas, sin frío. Sin tanto frío. Igual, por las dudas, me llevo algún que otro tabaco, por si de golpe a ti, el valiente, te viene el fresco de repente. Porque te llevo a ti conmigo también, Camilo.
Y espero que vengas, igual que antier.

Jaime.
*
5 de julio de 1992
Querido Jaime,

Qué lindo leerte, que felicidad se siente aquí, aquí dentro, cuando se que tú estas aquí, conmigo. Y más aún cuando se que tú estarás aún más cerca, para dejar de lado el frío. El frío, ese del que tú tanto me hablas.
Cuéntame más de tu viaje, de los niños, ¿por qué tú decidiste volver? ¿Será que soy yo la dueña de tus motivos, querido Jaime? No lo creo, querido diablo, de veras, por más que quisiera forzarme para hacerlo. Es que tú siempre viviste para tú causa, lo sigues haciendo; yo me enamoré de ese que bajó y subió, de ese que luchó y resistió. De ese que no es otro que tú, Jaime. Y tú no volverías a La Habana, tú no lo harías, Jaime. Porque aquí estoy yo, pero aún hace frío; porque estamos nosotros, pero no están ellos. Porque habías decidido no llorar más.
Y yo estaré aquí, más allá de todo, cubriéndote del frío que tú dirás no sentir, secándote las lágrimas que jamás llorarás, besándote en los labios y temiendo no cumplir. Porque tú no vuelves por mí, querido diablo. Y no sé por qué lo haces.
Te extraño y prefiero sentirte cerca en Santiago que tocarte distante, aunque aquí a mi lado, como tu letra me confió cuando recordaste el aire de por aquí, de mi Plaza y de mi Catedral. Elige tú dónde, Jaime, pero quédate conmigo.

Te besa, Ada.
P.D: Marcos se fue.



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5 de julio de 1992

Querido Camilo:

Ya estoy de viaje, de nuevo. Siento el aire otra vez, como en aquellos años. Es como si de nuevo uno aprendiera a respirar, ¿tú no crees? Ves que los médicos, ¡Qué saben! Si Ernesto hubiera vuelto nada le habría pasado, esos dos desobedientes se habrían ablandado, sin dudas, porque aquí el aire sí que es puro. Tú tomas y sacas. Tomas y sacas. Adentro y afuera. ¡Es el aire de la Revolución, Camilo!
Tú sabes que ya estoy en plena Maestra, increíble volver a este lugar. Si hasta hoy me acosté detrás de un verde y desperté escuchando tu voz, hermano. “¡Levántate, diablo, deja de dormir que ya es hora de subir! ¡Es hora, compañeros!”. Es hora de la Revolución, decías, ¿te acuerdas? Y marchábamos todos, siguiendo tu sombra. Sombra gigante, recuerdo. Hoy recordaba, mientras volvía en el tiempo, mientras me apoyaba en una vieja roca, seguro testigo de nuestras felices noches de frío.
Recordaba el principio de todo esto, Camilo. Miraba unas hormigas, viajando con sus hojitas, verdes, marrones. Todas grandes, pobres criaturas. Iban y venían. Segundos, minutos, horas. Al parecer iguales, al parecer monótonas, al parecer pequeñas y débiles hormigas, hermano. Que, sin embargo, abren caminos en la tierra, dejando su huella, que buscan ir a prisa, pero sin traspiés. Que se sacrifican, pero siempre juntas y hacia el mismo lado.. El camino de la Revolución, Camilo. ¿Será que el viejo Fidel se habrá sentado aquí a mirar a las hormigas, en las vísperas del nacimiento del 26? Quizás, sólo era cuestión de aprender de las hormigas. Y caminar un camino largo y difícil, pero nunca solitario. Sin ir muy deprisa para no perdernos, sin ir muy despacio para no cansarnos. Con el aliento del que me pisa los talones, como decía Ernesto.
Verlas hoy a ellas, Camilo, fue como retroceder hasta aquel enero y volver a verme a mí. En nuestro tímido intento, en nuestra prueba desafiante. Mucho más despacio, mucho más dispersos; pero siempre entre alientos, siempre detrás de tu sombra, de tu vanguardia.
Ya me voy, hermano. Está anocheciendo y hace añares que no miro la luna desde aquí, desde la Maestra. Además quiero pensar en la Ada, está más grande de lo que creía, viejo. Si, y yo también.
No te tardes, ya encendí tu tabaco.

Jaime.

Día 4 (del diario de escritura)

Buenas!
Acá andamos, otra vez. Gracias por los comentarios, siempre ayudan y alientan. Gracias Ger, ya te dije algo de los libros que me ofreciste y cuando termines de rendir seguro te moleste de nuevo, ahora te dejo estudiar en paz, jeje. Bueno, perdón por el misterio, nunca fue la intención, aunque de a ratos parece que se vuelve algo divertido. Sigo trabajando, con la investigación, con el libro de Marí, con varios libros de viaje y de vida del Che y con las canciones de Silvio Rodríguez, entre algunas cosas. Supongo que ya será hora de romper esta cuerda de intriga y misterio que últimamente nos ha estado separando, sin querer queriendo, sin dudas. Me gusta mucho el tema y, de a ratos, mientras escribo siento que de verdad me emociona pensar en la situación de los personajes; espero poder lograr trasnmitir algo de lo que ellos me hacen sentir, ésa sí es una real intención. Bueno, esto es lo que ha nacido hasta ahora de mi proyecto, una especie de mezcla entre un diario de viaje y un puñado de cartas, basada en Jaime, al que, supongo, irán conociendo a medida que mis escrituras avanzan. Seguiré viajando, esperando con los brazos abiertos (y con las manos tendidas, diría Martí, como si me saliesen del corazón) todas sus opiniones, recomendaciones y demás agregados. Hasta pronto!
Malva.